Una oleada de protestas llena Europa. BBC Mundo entrevistó a la experta Yanina Welp para entender estos movimientos.
En Francia, las manifestaciones comenzaron por demandas para mejorar la educación. En España, el desahucio de la anciana Maricarmen de la casa en la que vivió alquilada por décadas, desató otro movimiento con gente acampando por semanas en la céntrica Puerta del Sol de Madrid. Y en Italia, jóvenes y sindicatos también reclaman contra la "economía de guerra" del país.
Portugal, Bélgica, Albania.
La lista suma y sigue.
También las protestas iniciadas hace dos años en Serbia han dado un giro en los últimos meses. En septiembre, el presidente del país, Aleksandar Vucic, dimitió y, en unos comicios celebrados de modo anticipado esta semana, el veterano líder reconoció su derrota ante un movimiento estudiantil.
En algunos casos, como se vio en París hace unos días y este sábado en Alemania, una parte de las protestas se tornó violenta.
¿Qué motiva estas movilizaciones? ¿Qué las hace distintas?
BBC Mundo entrevistó a Yanina Welp, politóloga, experta en el estudio de la democracia, participación política, partidos y movimientos sociales.
La académica es también investigadora senior en el Albert Hirschman Center on Democracy en Ginebra, en el Geneva Graduate Institute (Suiza) y además es profesora de Investigación en la universidad de Girona (España).
Estamos viendo una oleada de protestas, de distinto tipo, en varios países de Europa: Francia, Italia, Serbia, España. ¿Tienen algo en común?
Sí lo tienen. Pero, además, miremos con perspectiva histórica. Hay oleadas de protestas más o menos cada 10 años, y podemos verlo en Europa y fuera de ella.
Entre el 1999, 2000 y 2001 tuvimos las protestas del movimiento de anti-globalización, que empezaron en Seattle y se expandieron. En 2010, 2011 y 2012 estuvo el movimiento de los indignados, las de Occupy Wall Street.
Más o menos al mismo tiempo se produjo la Primavera Árabe, que respondía a otro contexto. En 2017 empezaron los chalecos amarillos (en Francia) para, poco después, en 2019, Ecuador, Chile, Colombia, y alrededor del mundo los movimientos estudiantiles salieron a la calle. Y, ahora, podemos hablar de esta nueva ola que tiene Europa como epicentro.
Entonces, las preguntas son siempre: ¿qué tienen en común? ¿Cuánto de imitación hay?
En sociología los estudios sobre movimientos sociales muestran que suele haber elementos en común cuando se dan protestas así en un espacio más o menos delimitado.
Hay contextos y actores parecidos. Aunque, luego, se van complicando.
¿Y qué es lo que tienen en común estas en concreto?
La etiqueta más general, el paraguas común, sería la pérdida de capacidad del Estado de bienestar en el contexto europeo.
En Francia y Bélgica el detonante de las protestas fue por las condiciones de la educación; en España y Portugal la vivienda está en el centro, aunque en España también hay demandas por la educación.
Al verlas y profundizar en ellas hay elementos comunes que tienen que ver con esa crisis o debilidad del Estado de bienestar y con los jóvenes, diría, como los principales afectados, tanto en el presente como en sus perspectivas futuras.
¿Son en su mayoría jóvenes quienes protestan?
Haciendo el recorrido de antes, podemos ir incluso más atrás, hasta el Mayo francés (en 1968), que tuvo su epicentro en Francia, pero también se manifestó en otros lugares, como China o México. Ese es un año de protestas juveniles alrededor del mundo.
Lo mismo ocurrió con la caída del Muro de Berlín. Los jóvenes suelen ser los protagonistas, junto a los sindicatos, donde existen y son fuertes.
Por su entusiasmo, su capacidad de dedicar tiempo, tienden a movilizarse más. Aunque no por defecto siempre es así. Por ejemplo, las protestas de 2019 en Ecuador, su origen se da en el movimiento indígena.
Si bien la juventud es un actor central, no es el único y en cualquier protesta que se sostenga en el tiempo vamos a ver que se incorporan más actores.
Porque, además, una cosa es la protesta, el salir a la calle y manifestarse, que es muy reactivo, y otra cosa es obtener las demandas y poder transformarlas en reclamos a los que el sistema político pueda responder. Y después podemos preguntarnos también si el sistema político quiere responder. Y cómo va a responder.
¿Cómo aparecen este tipo de movimientos?
Hay que distinguir entre el detonante, aquello que enciende la mecha, y las condiciones.
A veces hay condiciones estructurales y la pregunta es: ¿por qué nadie protesta si esto está tan mal?
Hasta que, de repente, Maricarmen es desalojada. Luego el país vecino o las ciudades vecinas dicen: 'nosotros tampoco aguantamos más'.
Entonces ahí tienes una ola. No es que es imitación por obra de magia, no, las condiciones estaban dadas y faltaba algo que operara como detonante.
¿Qué tan factible es que logren conseguir sus demandas los movimientos de ahora dentro de Europa en relación a la crisis del Estado de bienestar?
Estamos en un tiempo de extremado pesimismo del que hay que salir, porque la política es posibilidad de cambio siempre. También es verdad que en general las demandas son muy radicales y los logros son siempre menores, cuando los hay.
Pero siempre hay salida.
Aunque hay cierta trampa en la política europea en la que se dice que los jóvenes tienen menos peso en sociedades envejecidas, sabemos que, cuando hay emergencias (electorales) se movilizan. En el caso de los hombres jóvenes, lo hacen por la derecha radical y, hacia en contra de la derecha radical, las mujeres.
Pero en general el sistema político tiende a dar respuestas a quienes tienen más peso electoral.
Lo que sucede ahora es que hay una gran desigualdad intergeneracional con distintas dimensiones, entre ellas también la influencia política. Y eso está tensionando mucho el sistema actual.
Sobre la desigualdad generacional, ¿ha sido siempre así o hay una brecha aún mayor?
Creo que ha crecido mucho por la confluencia de procesos de distinto orden. Por ejemplo, para una familia trabajadora hace 40 años era posible meterse en una hipoteca y comprar un piso en 10 años. Ahora eso es completamente imposible. Ha cambiado la relación entre el capital y el trabajo y se ha expandido enormemente la desigualdad.
Por otro lado, ha habido reformas educativas sucesivas que han hecho que cada vez cueste más estudiar carreras que son más cortas, pero después hay que ir a un máster, hay que pagar el máster.
También hay cambios sociodemográficos que hacen que los jóvenes, en términos políticos, pierdan peso y capacidad de influencia. Y todo hace que la desigualdad intergeneracional sea cada vez más pronunciada.
¿Ves algo distinto en estas protestas con respecto a oleadas anteriores?
Una novedad que hemos visto no solo en París, también en otros lugares, es que se ha legitimado una forma de implementar políticas represivas que no era tan fuerte hace 10 o 15 años, y que no estaba bien visto.
Y se ve incluso estéticamente. Puedes ver cómo se ha armado a policías locales. En Ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, los equipamientos que tiene la policía local son de repente de película, hay una sobreactuación de lo que implica el orden.
Esto, por supuesto, penaliza la protesta, que es un derecho, y decir que la protesta es un derecho no tiene nada que ver con legitimar la violencia.
De hecho, decir que las protestas legitiman la violencia quita de la mesa de negociaciones o de la posibilidad de diálogo una serie de demandas que son mucho más grandes y que trascienden esa violencia, que también existe, y frente a la que hay que actuar.
Solo mostrar la violencia, las descalifica. Es sumamente problemático.
Y además, ahora, todo lo que pasa en cualquier lugar del mundo se entiende en clave doméstica y las protestas se leen en lugares de América Latina como "esto es lo que nos va a traer la izquierda si triunfa", por ejemplo, ´van a quemar todo´.
Pero las dinámicas de protesta, los actores, las instituciones, tienen un montón de especificaciones que no responden a eso.
¿A qué crees que se debe esta escalada de la visibilización del uso de la fuerza?
Para hacerlo corto: a la extremada polarización tóxica que estamos viviendo.
Estas protestas que son reivindicaciones de mejora del Estado de bienestar aparecen en un contexto en el que el péndulo político de Europa gira a la derecha.
Es complejo porque, por ejemplo, parte de que Marine Le Pen tenga oportunidades reales de liderar el Ejecutivo en Francia se relaciona a que empezó a hablar del Estado de bienestar. Pero con el concepto de Estado de bienestar chovinista, es decir, solo para "los franceses".
Sí, como Vox en España con su "prioridad nacional".
Claro. Hay actores que rechazan directamente el Estado del bienestar, pero la situación no es tan lineal. Existe una especie de quiebre total entre derecha e izquierda en torno a temas vinculados al Estado del bienestar, pero yo diría que lo que más divide actualmente a estos grupos es la política antiinmigración en sectores de la extrema derecha y lo que ellos llaman la "batalla cultural", más que el Estado del bienestar en sí.
Nadie se atreve a hablar en contra del Estado de bienestar, como lo hace Milei en Argentina, porque saben que eso les restaría un montón de votos.
Estas protestas, estos movimientos sociales que están surgiendo en Europa, ¿a quién pueden beneficiar y a quién no?
Cuando tenemos un proceso de este tipo, el desenlace depende de cómo cada uno va jugando sus cartas.
Si miras Francia, creo que es el ejemplo más destacado. Ahora mismo, Jean-Luc Mélenchon está con la gente que protesta, y Marine Le Pen, con la policía.
El primero piensa "esto me va a dar rédito electoral", la segunda, "el miedo al desorden me va a dar rédito electoral". ¿Quién va a salir ganando? Depende de cómo evolucione. Pero, está claro que, en el caso de Francia, el que tiene todas las de perder es Emmanuel Macron.
Aunque, de vuelta a lo de la violencia, el bombardeo constante sobre esto beneficia a las derechas, temerosas del desorden. Pero, si cala el mensaje de que no se puede seguir viviendo así, los sistemas políticos tienen que dar respuesta a jóvenes y mayores, y habrá más oportunidades para la izquierda.
La política es un movimiento constante, vivimos en un proceso donde hay mayor aceleración, menos reflexión y más impacto, y eso realmente debilita mucho la capacidad de deliberación democrática.
¿Quién va a salir ganando? No lo sabemos. Sí podríamos hacer escenarios y ver qué probabilidades hay de que ocurra una u otra cosa. Pero, por suerte, la política deja cierto margen de incertidumbre y capacidad de agencia.
¿Hay alguna fórmula para salir de este pesimismo que ahora mismo parece reinar, no solo Europa, sino que es algo más general?
En primer lugar, creo que hay que apuntar a ser más autónomos y críticos en relación con la información que recibimos.
Yo se lo digo mucho a mis estudiantes. Son muy jóvenes, vienen con esa narrativa de ´esto es un desastre´. Bueno, tengamos un poco de perspectiva. Yo nací y, poco después, hubo una dictadura [en Argentina]. No es lo mismo comparar una dictadura con un gobierno que no me gusta nada.
Por otro lado, creo que a algunos sectores les beneficia impulsar esta narrativa de la catástrofe, frente a la que, pareciera que no podemos hacer nada. Pero siempre se pueden hacer cosas, siempre. Creo que hay que salir de esa relativa pasividad y actuar.
También hay que salir de las narrativas de lo hiperlocal, porque hace que pensemos que, como las cosas son tan graces, no podemos hacer nada. Pero en nuestro entorno podemos hacer mucho. Y muchos "entornos" haciendo cosas cambian el mundo.
Entonces, creo que no hay nada nuevo bajo el sol. Se trata de recuperar la conciencia plena de qué implica la política, qué implica el cambio.
Y también, de vuelta, cierta crítica y más sentido común a la hora de evaluar dónde vivimos y cómo vivimos. Con esta narrativa de que no podemos estar peor, cuidado, porque sí que podemos estar peor. Mucho peor.
Nota publicada en BBC


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